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Trascender lo efímero

Ocho artistas treintañeros conviven cada día en la tercera planta del Centro de Arte La Regenta, gracias a los estudios que ha puesto a su disposición la Viceconsejería de Cultura del Gobierno de Canarias, tras un concurso de proyectos que han llevado a cabo durante 2008. Su labor ha sido recompensada con una prórroga de otro año para continuar creando.

Trascender lo efímero

CIRA MOROTE MEDINA / LA PROVINCIA
Es como un piso de estudiantes, pero donde las conversaciones del té a media tarde no son sobre cómo va la Liga, sino sobre cuáles son los inescrutables caminos del arte.

Rocío Arévalo mantiene sus brazos levantados en el aire, como si estuviese a punto de colocar un estratégico pedazo de papel maché en su última obra. Tiene 34 años y se define como artista multidisciplinar. De la pared de su estudio, entrando, la segunda puerta a la derecha, cuelga una representación de su serie ‘Lo que pasa…’ Acrílico sobre madera. «Son detalles cotidianos. Las miradas, los gestos, que, en realidad, son los que conforman la vida y configuran nuestra identidad», explica la creadora. Ahora prepara otro proyecto, XXL, sobre los trastornos de conducta alimentaria.

«Nace de la necesidad de reclamar y reinventar mi historia, descubrir las claves que rigen mi cuerpo y mi mente, liberarme de mis complejos y frustraciones», dice.

Durante la conversación con Rocío se escucha el chasquido de una grapadora en plena pulsión creativa. Es Esther Azpeitia en el estudio de enfrente. La grancanaria tiene 32 años y es arquitecta de formación. «No quiero edificar, a mí lo que me interesa es el urbanismo». Se podría decir que la ciudad y la mujer o la ciudad-mujer es su inspiración. Le interesan las orillas, las propias y las de otros países. Es una viajera sin remedio que cuando vuelve a su ciudad no puede evitar quererla y, al tiempo, ver sus defectos. «De tanto mirarla en el plano, empecé a verla como una mujer, una mujer madura a la que le hemos hecho mucho daño». Ella cree que el arte puede contribuir a construir una ciudad más habitable. «Es una forma de participación ciudadana».

Raquel Ponce, de 36 años, procede del arte escénico. En su estudio hay un set en el que se disponen franjas horizontales rojas y blancas, que hacen confundir la pared con el suelo. En un portátil muestra su trabajo: Narcisa. «Trata sobre la idea del encuadre, de cómo define distintas realidades». Para transmitir su idea, ella misma se hace parte de la pieza, en una performance que dura 20 minutos, en la que focaliza la mirada del espectador a través de un juego de espejos y movimientos ante una cámara, que se ven en una pantalla situada también en la escena. Luego, la pantalla también se encuadra, con lo que las ventanas se multiplican. «Hay fisicalidad, mimetismo. Yo pongo el tiempo. Es un trabajo fotográfico en movimiento, que está en el límite entre lo escénico y lo plástico», explica. Sus próximos pasos son los de investigar sobre «la curriculitis».

Justo al lado, José Otero, grancanario de 30 años, recoge sus cosas. El martes vuelve a Berlín, donde vive, tras dos meses ocupando este taller en La Regenta. Colocados en fila y apoyados en la pared, parte de su serie Paisaje e ironía. «Son los típicos paisajes que podemos ver en Canarias, pero que, en realidad, son de Madeira. Me gusta jugar con esa ambigüedad». Trabaja con óleo sobre lienzo. «Cada pieza gira en torno a un guión previo, saco fotos que, tras un estudio previo, terminan en un cuadro que el espectador ve como si fuese espontáneo».

Alberto García, salmantino de 34 años, sostiene un vaso de té. El aroma y su voz sosegada dan un aire apacible al estudio. A Alberto le interesa crear situaciones y hacer interactuar al espectador con su obra. Sus propuestas tienen una actitud política, en el sentido de crítica, aunque se alejan del arte social. «Me gusta comprobar cómo una misma pieza puede ser poética en un contexto y, si se cambia de espacio, pasa a ser crítica», afirma. Alberto reflexiona sobre el arte en sí mismo, pero también sobre los diferentes comportamientos humanos ante un mismo hecho.

Laura González, de 33 años, se ha hecho una pregunta ambiciosa, que es el motor de su pintura. «¿Por qué sigue habiendo pintura cuando hay tantos medios visuales tecnológicos?» De ahí surgió la serie Screen Pictures, donde pinceladas verticales esconden mensajes para el espectador, mensajes que hablan sobre él mismo y sobre el tiempo que dedica al arte. A partir de aquí, ha seguido investigando sobre estos conceptos, sobre los que quiere volver desde otros puntos de vista. Tras cada uno de sus trazos hay mucha reflexión y su esfuerzo intelectual le ha hecho darse cuenta de que «dedicarse a esto es una postura ante la vida».

Paco Guillén tiene 34 años y centra su discurso creativo en el dibujo. El dibujo desnudo, en blanco y negro, rotulador sobre papel, pared o, en movimiento, en una pantalla. La crítica y la ironía sobre lo que le rodea son su materia de trabajo. «Son dibujos directos, sintéticos, sin virtuosismo técnico. Pienso que no hay que tener una mano espectacular para hacer arte».

A todos ellos se suma Carmen Fernández, de 34 años, que investiga sobre la pintura en sí misma y que, igual que la mayoría de sus compañeros, es licenciada en Bellas Artes. Todos han expuesto en espacios como la Galería Saro León, el CAAM o en bienales tanto en Canarias como, por ejemplo, en Dakar. Si hubiese que buscar un lugar común entre ellos, podría decirse que buscan trascender lo efímero y no quedarse en lo superficial. No es poco.


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